A partir de las cinco de la tarde un grupo variopinto de personas empieza a hormiguear alrededor de tres mesas de ping pong del parque Pradolongo del distrito de Usera, al sur de Madrid.
Si hace sol, pocos miembros de este selecto club con pocas normas establecidas fallan. El grupo lo forman dos madrileños, un chino, un francés y un venezolano. Parece un chiste, pero no buscan hacer gracia. La carcajada la sueltan ellos casi todas las tardes sin darse cuenta cuando además se unen al juego un polaco, marroquíes, rumanos o gitanos de la zona y ponen sus propias reglas del juego para rotar entre ellos en una especie de mundial callejero inventado.
Todos ellos viven en uno de los barrios obreros por excelencia de la capital, con vidas dispares, pocas cosas en común y una misma pasión: jugar al ping pong.
Lo que parece un símbolo de la diversidad y la integración del barrio es también una gota en mitad del océano. El distrito, con unas 140.000 personas censadas y un 30% de población de origen extranjera, cuenta, por ejemplo, con 8.519 chinos censados en 2017, la comunidad inmigrante más numerosa del distrito.